Vasos de La Alhambra

Intentar reflejar en estas estructuras ingentes la maestría, pureza y candor con que en su tiempo fueron realizadas, es como rescatar aquel profundo sentido espiritual y alquímico, para devolverlo a nuestros días, y constituye el más solido desafío para dejar patente una maestría cerámica.

Solo un minucioso trabajo de laboratorio, nos situará en condiciones de emprender una aventura como esta, porque ahora la clave está en conseguir con tecnicismos el efecto de la aparente ausencia de ellos. Por eso, es preciso bucear en la partícula de arcilla, comprenderla y así poder adaptarla para afrontar el difícil y delicado proceso que exige la realización de un VASO DE LA ALHAMBRA.

Un conglomerado de oficios se dan cita y han de sincronizarse profundamente para alcanzar  el resultado deseado. Después de una profunda meditación en el laboratorio sigue el arte del torno. Posiblemente el torno cerámico abrió la principal puerta hacia la evolución de toda la maquinaria moderna.

 

 

En la trayectoria de su giro, convergen y se mezclan, una sinfonía de fuerzas capaces de ordenar la materia en busca de la arquitectura del vaso. Una arquitectura natural y libre, plasmada con un material en absoluta libertad, ordenado y dispuesto, siguiendo las leyes más primordiales de la naturaleza y el cosmos.

Tras un perfecto secado o evaporación del agua física, nuestra pieza está lista para recibir su primer calentamiento, en nuestro caso a 1028 ºC . Este complicado proceso exige someter la obra  como mínimo a 3 cocciones, la primera puede ser en oxidación para cocer la arcilla, la segunda debe ser en oxidación, y la tercera en reducción.

Para cada una de las cocciones y por motivos diferentes Miguel Ruiz ha diseñado y construido un horno distinto, basado en una arquitectura singular, primitiva en sus raíces; encontró la solución del arco en las viejas culturas, y fue a lo largo de la historia, definiendo y perfeccionando la alquimio-física de la construcción del horno.

Después de la primera cocción , y analizado lo acontecido en el paso anterior, nuestro vaso está preparado para recibir ese manto de esmalte semi-crudo que debemos diseñar para este singular proceso, y que debe ser alcalino boráxico y poseer un coeficiente de dilatación  y temperatura de maduración minuciosamente calculados, para que en el seno de su textura  sea acogido y pueda desarrollarse nuestro bálsamo para el dorado en reducción.

 

El color azul que incluyen algunas obras, es un compuesto de oxido de cobalto y un fundente de similares características al blanco base. Para fijar a la estructura de arcilla horneada esta capa de blanco y azul de cobalto, nuestro vaso ha de pasar nuevamente por el horno para recibir su segunda cocción, en este caso a 1.005ºC. y en atmosfera oxidante.

Después de cada una de las cocciones  y solo después de un prolongado enfriamiento, volvemos a enfrentarnos a un nuevo resultado,  que tendremos que analizar para continuar con ese diálogo profundo y alquímico que tendrá finalmente su momento culminante en la tercera y tal vez última cocción.

Pero antes habrá que aplicar  esa intricada trama de motivos, que van desde las antiguas caligrafías  hasta los motivos animalisticos mas estilizados, pasando por la más pura abstracción de los motivos vegetales que caracterizan el arte nazarí; tambien incluyen estas obras la técnica del esgrafiado. Por fin la obra esta lista y dispuesta para recibir lo que tal vez será su último bautismo de fuego, en especialísimas condiciones y que deberá hacerse necesariamente en reducción.

El proceso de la reducción.

En cerámica el concepto reducción,  consiste en provocar la reacción inversa a la oxidación,  este simple pero a la vez complicado proceso cuando se desarrolla de manera alquímica es la clave, el acento final de un largo proceso de gestación atormentada y alquimio-física que tiene lugar en el interior del horno.

Como si de un ser vivo se tratara, el horno late, su funcionamiento natural gracias a configuración arquitectónica, recibe el aire frío por su boquilla inferior estratégicamente situada y con unas  medidas proporcionales al volumen de la caldera permite ese movimiento rítmico  que eleva el fuego hacia la cámara de cocción, hasta alcanzar el punto de maduración que cada arcilla o bálsamo necesita.

Un enfriamiento adecuado, natural, sin que el oxígeno de la atmósfera invada de nuevo el interior del horno hasta casi la temperatura ambiente, nos permite descubrir un escenario ahora capaz de convertir la materia en receptáculo de vida y transmisión de sentimientos.

Así como un tesoro perdido en el depauperado pergamino de la historia, los VASOS DE LA ALHAMBRA vuelven a brillar gracias al delicado trabajo de investigación y recuperación de Miguel Ruiz Jiménez, un  escultor-ceramista que ha invertido la mitad de su vida para rescatar del sopor de los museos del mundo, el espíritu alquímico que encierra la contemplación de cualquiera de estos vasos.